sábado, 26 de abril de 2025


VEINTIÚN AÑOS llevo ya en Madrid y tengo tan poco que ver con esta gente, ni un átomo siquiera, que hasta se puede decir que esta ciudad y yo somos como dos remeros remando a la contra en distintos botes con la única intención de perdernos de vista. Desde el principio noté un matiz autoritario en sus habitantes, incluso entre los que presumen de ser de izquierdas, sumado a un mecanismo social de manada pequeña, tipo Amiguetes Club, y una querencia por el exabrupto y los dos cojones, aparte de anticulturalismo, aristofobia y humildad de pose. Lo peor sin embargo es ese tenderete que tienen montado entre todos, el de "Madrid es abierta y cosmopolita, aquí nunca se le pregunta a nadie de dónde viene", cuando lo contrario se puede tocar con los dedos, Madrid es una ciudad étnica, antigriega, Vascos 2.0, solo abierta a lo español y a veces a lo panhispánico si pueden imponer su relato (neocolonialismo), permeada su gente de islamofobia, catalanofobia y galofobia, donde a muchos de sus habitantes, dependiendo del color de su piel, se les exige los papeles y se les encarcela por motivos administrativos. Lo único que me gusta de la ciudad es su increíble transformación en la soledad nocturna, cuando los bípedos duermen, y creo que las únicas veces que he sentido una comunión física con ella ha sido de madrugada, cuando hacía pintadas en sus paredes o sus cubos de basura, porque Madrid sin madrileños mejora mucho, cómo no va a mejorar.