jueves, 29 de mayo de 2025


SI POR algo he abogado yo desde que murió mi padre es por aplicar a lo territorial un principio de separación de poderes como el de Montesquieu. A España le viene bien que exista la Unión Europea por encima y Euskadi/Catalunya por debajo, porque impiden que surja el autoritarismo y la tendencia al imperialismo que se deriva de una unidad sin fisuras; a su vez, a Euskadi y Catalunya les viene bien que existan en su seno grandes ciudades y zonas no nacionalistas que impiden que surja el monstruo de la unanimidad identitaria. Es bueno que un país tenga zonas federales o autonomistas; a la vez es bueno que el autonomismo sea limitado por el provincialismo y el provincialismo por el municipalismo. Cuanto más poderoso es cada escalón de la escalera territorial, más control ejercen los unos sobre los otros y más constreñidos están, menos fuerza tienen para agredir al otro.

Para llegar a este punto es indispensable partir de la misma premisa que Montesquieu, la de que el excesivo poder corrompe; hay que partir de la premisa de que Euskadi y España son dos cosas malas a las que hay que limitar para que no se manifiesten en toda su maldad. ¿Existe alguna persona en Madrid, además de la sissy de los dos gatos, que piense que Euskadi y España y Catalunya y Francia y Alemania no son estructuras de las que sentirse orgullosa, sino, al contrario, aberraciones a las que hay que parar los pies para mantener su iniquidad congénita en niveles no catastróficos?