martes, 6 de octubre de 2026

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CUANDO SUBAS recuerda que no eres tú la que sujeta la escalera — Acabo de escribir hace una hora esta centella que es pura autobiografía. Me recuerdo ascendiendo de continuo en la red entre los años 2007 y 2017, supongo que por la razón de que soy una persona singular a la que le sienta bien el mundo rápido e ingenioso de hoy. En ese tiempo hice barbaridades tan grandes como pintar una cincuentena de graffitis en los bancos o cajas de ahorro de Madrid (llegué a hacer más de quinientas pintadas en las paredes), pero no me pasó nada a pesar de que todo el mundo, incluso la propia policía, sabía que las hacía yo: hasta ese punto llegaba la tolerancia con el neorrabioso. Eran tiempos en los que Instagram y Facebook promocionaban mis pintadas motu proprio, sin que yo pusiera un euro (ni pondré jamás, antes muerta que dar un euro a esos bandidos). Entre 2017 y 2020, sin embargo, con la rebelión indepe de Catalunya, la ola trumpista y la aprobación por parte de Meta de unas normas comunitarias donde se sancionaba “el desprecio a la nación y a las comunidades autónomas”, mi figura se empezó a ver de otra manera: ¡ya estaba bien de reírle las gracias a la antiEspaña! En cosa de unas semanas, los motores de búsqueda de Google dejaron de seguir este blog y las mismas pintadas de Facebook que antes conseguían miles de likes ahora se quedaban en ¡solo treinta likes!; para acceder a ellas, encima, había que pinchar en una pantallita previa que decía “LA COMUNIDAD HA DENUNCIADO ESTA PUBLICACIÓN”. En Instagram me sucedió lo mismo: recuerdo que la primera sanción me llegó con la pintada “En mi balcón flores, no banderas”, que de pronto “incumplía las normas de convivencia de la comunidad”; entre 2018 y 2025 Instagram me impuso innumerables sanciones, bien de cobertura (nadie podía acceder a mi Instagram, salvo que fuera mi seguidor) o de castración de algunos elementos (no me permitían hacer reels ni directos) o de censura pura (si no me avenía a borrar tal o cual pintada, me advertían, me la borraban ellos); este año, 2026, es el primero en nueve donde no arrastro ninguna sanción (la última fue de dos años) y no porque realmente no se me aplique, sino porque ahora todo lo maneja el algoritmo y la censura se ejerce en silencio.

¿Fueron mis propios méritos los que me hicieron subir tanto hasta 2017? No. ¿Me merecí bajar a partir de ese año? Tampoco. La única certeza que tengo, lo mismo cuando subía que cuando bajaba, es que eran otros los que sujetaban la escalera, por lo que una escritora de verdad fuerte debe aprender a prescindir de ella.