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domingo, 19 de julio de 2026

2160


CÓMO SERÁ el grado de violencia verbal a la que llegan los supuestos aficionados al fútbol (en realidad aficionados a su secta o a su nación) que tanto The Guardian como la BBC han cerrado la posibilidad de comentarios en este Mundial, de forma que ni los galeses/escoceses/irlandeses pueden insultar a los ingleses ni viceversa.

lunes, 8 de junio de 2026

36 vicocentellas


• • • Estaba callada. Como “little boy” a punto de caer en Hiroshima.

• • • Ella es el arte de pasarse los dedos por la oreja para dejarlos limpios de leones.

• • • Cuidado con coger esa rosa tan a punto de arder.

• • • Nunca se olvida el pilotaje de la que aprendió a volar dentro del pozo.

• • • Ella y la nieve nunca piden permiso para manifestarse.

• • • La belleza con peligro se llama personalidad.

• • • Del carbón besado por los pájaros nacieron las rosas.

• • • En el jardín de los aplausos todas las flores son de plástico.

• • • Eres como la noche, de un solo color con todos los colores.

• • • ¡Fue aparecer ella y quedó derogada la gravedad!

• • • La mosca que sabe soñar rompe todas las telarañas.

• • • Con las normas ella hace magníficos aviones de papel.

• • • Trono es el suelo cuando ella se sienta.

• • • De cemento hizo ella sus alas de mariposa.

• • • Siempre que te miro recupero la adolescencia.

• • • Se vive mejor con la maleza de una mujer en el cerebro.

• • • Nada significa ganar o perder, lo que importa es brillar.

• • • Las mujeres amarillas se demuestran por el número de ventanas.

• • • El trueno en silencio hace más ruido…

• • • No conocerás a una chica hasta que no la veas llover.

• • • No hay duda de que a ella le colocaron muy bien los ladrillos.

• • • Ella es como un piano, no se la conoce hasta que suena...

• • • De la profundidad del pozo se deduce la cima.

• • • Sonríe y arden los ataúdes.

• • • Al fin encontré el ecuador entre el cielo y el centro de la tierra.

• • • El combustible es todo el avión.

• • • Mechado de otoño brilla más la primavera.

• • • No me compares a la que tiene ángel y dragón con las que solo tienen ángel.

• • • ¡Imposible cortar las flores que rodean a esa espada!

• • • El corazón grande hace aumentar los pequeños.

• • • Ella es mi sarampión de salud.

• • • Cada vez que se ordena su melena me renace el mamífero.

• • • Desde que vi a esa abeja me sobra todo el enjambre.

• • • Ella es de carne, hueso y dinamita.

• • • Con una sola mirada ella vuelve palomas a las hienas.

• • • Que otros persigan mujeres verdaderas, que yo prefiero a la que me invita a fabular.

martes, 14 de abril de 2026

2089


A VECES pienso que estoy equivocada y que mi padre sí que ejerció de tal conmigo, por más que nunca se acordara de mi cumpleaños ni me preguntara por las notas del colegio ni qué tal mi relación con Iratxe. No puede ser, simplemente es imposible conservar un tesoro de anécdotas como el que conservo si no me hubiera dedicado mucho tiempo.

Un recuerdo que me ha venido a la cabeza hoy. Tendría yo doce o trece años; estaba el Mercado de la Ribera en obras por unos días y mi madre no podía acudir allí a vender las verduras que solía. Mi padre me llevó entonces a Maruri, donde compró diez o doce docenas de lechugas a un aldeano, y a la vuelta en Mungia levantó el capó del renault 6 amarillo y nos pusimos a revender las lechugas, ¡a venderlas en plena calle de Mungia, venta ambulante y prohibida!

Recuerdo que yo ya había hecho mis pinitos como vendedora en el Mercado de la Ribera, encontrándome estupenda en mi propia opinión, de modo que empecé a gritar a los viandantes, sobre todo a las mujeres, que son las que más compran:

—¡Señora, tres lechugas veinte duros! ¡Una lechuga cuarenta pesetas y tres veinte duros!

Entonces mi padre, abochornado por mis gritos, me dijo enseguida:

—¡Pero qué haces! ¿Vendes como un chatarrero? Las lechugas hay que venderlas en voz baja, como el mayordomo del Papa.

De inmediato se puso a hacerme una demostración y, cogiendo una lechuga en cada mano, como si fuera un camarero, comenzó a moverlas suavemente en dirección a los viandantes, sin decir nada, y solo cuando alguno se acercaba, le decía en voz normal:

—Lechuga recién cortada de Maruri, señora. De huerta, no de invernadero.

Y yo, viendo que el idiota de mi padre no les decía el precio, pues al bobo de él no le parecía elegante decirlo, y que la señora dudaba entre irse o quedarse, aprovechaba para decirle, saltándome el consejo de mi padre:

—Cuarenta pesetas, señora. Si lleva tres solo veinte duros.

Me he acordado justamente hoy. Es una anécdota que retrata muy bien a mi padre. Mi sistema de venta era mucho mejor que el suyo, pues captaba a gente muy lejana, que estaba al otro lado de la acera, pero él no podía rebajarse a eso. “Hay que ser curioso”, me repetía constantemente. En aquellos meses estábamos en una situación desesperada, tan pobres que ya solo nos quedaba ponernos a vivir debajo de un puente, situación a la que habíamos llegado precisamente por culpa suya, que bebía y fumaba y no conservaba los trabajos que le surgían, pero incluso en esa situación seguía comportándose como el “duque de Astobieta”, al que le parecía muy mal ofrecer lechugas a voz en grito, y con el solo argumento del precio.

viernes, 26 de septiembre de 2025

1320


NADA MÁS vano que los sihubieras que tú no podías cambiar: ¿Y si hubiera nacido en un hogar doble, con anaqueles repletos de libros? ¿Y si me hubieran enseñado idiomas? ¿Y si hubiera nacido en un lugar bueno? ¿Y si hubiera conseguido escapar de Lauros antes de los treinta años?

Son sihubieras que olvidan además la parte beneficiosa, pues toda traba genera una oportunidad. Gracias al lugar en que nací desarrollé una capacidad poco común para resistir la soledad. Gracias a mi padre me hice una raíz buena que llevo a todos los lugares. Gracias a mis carencias tengo una rabia desconocida en otros, una concentración en mis rencores, un fanatismo insensato en mis posibilidades.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

1264


QUÉ SERÍA de mí si no hubiera conocido a mi padre. Casi todas las herramientas que me sirven para vivir me las enseñó él con su ejemplo.

Nunca se quejaba. Vivía en una soledad más dura que la mía, pues él estaba rodeado de gente que lo rechazaba, pero siempre se mantenía puro y único.

Nunca regresó al grupo, siempre se bastó sin el grupo, qué felicidad haber disfrutado de un maestro así.

martes, 16 de septiembre de 2025

1255


NO CONOZCO pasatiempo más bonito que el de encontrarme parecidos con mi padre, que es la persona más asombrosa que me he encontrado en este planeta. Justo hoy he dado con uno. Él solía contar una anécdota de juventud, cuando un anciano del caserío Abarakos sintió que le quedaba poca vida y le dijo:

—Nicasio, cuando muera, ¿adónde iré yo? ¡Al cielo no quiero ir, y en el infierno ya no queda sitio!

Mi padre contaba esa anécdota y rompía a reír, y no ha sido hasta hoy que he pensado que esa ocurrencia, Al cielo no quiero ir, y en el infierno ya no queda sitio, es un gran aforismo del estilo Oscar Wilde, formulado por un vecino en quien la hipótesis religiosa quizá no fuera muy firme.

¿Y quién es la que setenta años después de que mi padre oyera ese aforismo llena la ciudad de Madrid con los suyos? La analogía parece lejana, pero no: primero hay que saber qué es un aforismo bueno para poder escribirlos decentes, y mi padre se dio cuenta enseguida de que esa frase tenía electricidad.