A VECES pienso que estoy equivocada y que mi padre sí que ejerció de tal conmigo, por más que nunca se acordara de mi cumpleaños ni me preguntara por las notas del colegio ni qué tal mi relación con Iratxe. No puede ser, simplemente es imposible conservar un tesoro de anécdotas como el que conservo si no me hubiera dedicado mucho tiempo.
Un recuerdo que me ha venido a la cabeza hoy. Tendría yo doce o trece años; estaba el Mercado de la Ribera en obras por unos días y mi madre no podía acudir allí a vender las verduras que solía. Entonces mi padre me llevó a Maruri, donde compró diez o doce docenas de lechugas a un aldeano, y a la vuelta en Mungia levantó el capó del renault 6 amarillo y nos pusimos a revender las lechugas, ¡a venderlas en plena calle de Mungia, venta ambulante y prohibida!
Recuerdo que yo ya había hecho mis pinitos como vendedora en el Mercado de la Ribera, encontrándome estupenda en mi propia opinión, de modo que empecé a gritar a los viandantes, sobre todo a las mujeres, que son las que más compran:
—¡Señora, tres lechugas veinte duros! ¡Una lechuga cuarenta pesetas y tres veinte duros!
Entonces mi padre, abochornado por mis gritos, me dijo enseguida:
—¡Pero qué haces! ¿Vendes como un chatarrero? Las lechugas hay que venderlas en voz baja, como el mayordomo del Papa.
De inmediato se puso a hacerme una demostración y, cogiendo una lechuga en cada mano, como si fuera un camarero, comenzó a moverlas suavemente en dirección a los viandantes, sin decir nada, y solo cuando alguno se acercaba, le decía en voz normal:
—Lechuga recién cortada de Maruri, señora. De huerta, no de invernadero.
Y yo, viendo que el idiota de mi padre no les decía el precio, pues al bobo de él no le parecía elegante decirlo, y que la señora dudaba entre irse o quedarse, aprovechaba para decirle, saltándome el consejo de mi padre:
—Cuarenta pesetas, señora. Si lleva tres solo veinte duros.
Me he acordado justamente hoy. Es una anécdota que retrata muy bien a mi padre. Mi sistema de venta era mucho mejor que el suyo, pues captaba a gente muy lejana, que estaba al otro lado de la acera, pero él no podía rebajarse a eso. “Hay que ser curioso”, me repetía constantemente. En aquellos meses estábamos en una situación desesperada, tan pobres que ya solo nos quedaba ponernos a vivir debajo de un puente, situación a la que habíamos llegado precisamente por culpa suya, que bebía y fumaba y no conservaba los trabajos que le surgían, pero incluso en esa situación seguía comportándose como el “duque de Astobieta”, al que le parecía muy mal ofrecer lechugas a voz en grito, y con el solo argumento del precio.