MI PRINCIPAL objeción al intento de Podemos y sus satélites de convertir a Benito Pérez Galdós en referencia cívico-literaria de España es que Galdós, como literato, es un mero subBalzac que no ha introducido ninguna innovación en la novela, y como referencia cívica es un autor patriota en la peor versión de todas, la de “afirmo mi patria en contra de”. Sabido es que Galdós, como luego Ortega, pensaba que los españoles estaban demasiado arraigados a sus terruños y deseaba para ellos una identidad primordial más amplia: esa es la explicación que dio para escribir sus “Episodios Nacionales”, con el deseo de que todo el mundo pensara en modo España en lugar de en modo Paterna o Somorrostro. Ahora bien, ¿es una buena idea, para afirmar España, afirmarla contra Francia? ¿Acaso los franceses son personas nacidas en Júpiter, totalmente ajenas a los españoles, o en realidad son, tanto en su línea romana como cristiana, hermanos con los que se han compartido siglos de afinidad política, cultural o religiosa?
Una de las cosas que más me sorprende de Madrid y que me ha permitido entender el funcionamiento de esa bola de grasa llamada patria, es que gran parte de los monumentos, placas o libros contra los franceses que se han erigido o publicado en esta ciudad no están fechados solo en los diez años posteriores al final de la Guerra de la Independencia. Diríase que cada vez que aparece un político sediento de poder o un escritor sediento de público, la solución está a la vista: "Ahora voy a erigir un monumento a este héroe contra los franceses, o voy a hacer un homenaje a Goya soslayando dónde murió, o voy a escribir un libro sobre Agustina de Aragón o sobre Manuela Malasaña, o voy a filmar otro Curro Jiménez". Se trata por todos los medios de no dejar que cierre la herida, de llevarle agua todos los días, para que quede muy claro qué es "lo nuestro" y en qué se basa "nuestra identidad".
Dicho esto, me habré leído unos treinta libros de Galdós y me parece un gran escritor, aunque sea de segunda. De segunda para mí no es ningún desdoro, porque de primera (Dante, Cervantes, Shakespeare, Whitman, Dostoyevski, Proust) no habrá más de cincuenta autores en toda la historia, pero lo subrayo para matizar que es un autor español, como mucho hispánico, que no se ha universalizado como sí que lo hicieron Cervantes o Picasso. Si se intenta imponer a Galdós no por gran escritor de segunda, sino porque prevaricó y puso su proyecto literario al servicio de una estructura carcelaria como la nación, yo me manifiesto. Reniego de todas las versiones del patriotismo, pero de las que están basadas en antagonismos y resentimientos hacia colectivos hermanos mucho más.
Mi visión consiste en afirmar todo, el individuo, el barrio, el pueblo, la región, la nación, el continente y el planeta, pero siempre que en los asuntos básicos (derechos humanos, vida material digna, acuerdos sobre clima, energía nuclear e IA) el planeta esté al volante y tenga la última palabra. Mientras esa visión no se extienda me conformo con lo de Albert Camus, ¡qué diferencia cívica con Galdós!, que en el prefacio a Cartas a un amigo alemán explica la razón de dar a la imprenta el libro en italiano:
Quiero contribuir, siquiera mínimamente, a que caiga un día la estúpida frontera que separa nuestros dos territorios (Francia e Italia) que, junto con España, forman una nación.