UMBRAL SE enoja con Baroja porque cometió el reduccionismo de decir: «Todo el estilo de Valle-Inclán consiste en llamar a los dedos dátiles». Sin embargo, el autor de Mortal y rosa incurre en lo mismo cuando nos confiesa que dejó de leer la novela Tristana y la arrojó al suelo cuando Galdós escribe que Tristana tenía "una boquirrita". Y Borges se atreve a rechazar todo Gracián porque en una ocasión llamó a las estrellas "gallinas de los prados celestiales". Y Lope hasta escribía comedias denunciando que cierto poeta (Góngora) había llamado a la luna "requesón del cielo". Y Quevedo lo fustigaba (a Góngora, también) por haber escrito en un poema la expresión "¡qué lindicos!". Y Cela condenó a todo Victor Hugo por haber escrito en una ocasión que el acueducto de Segovia tiene tres hileras de arcos, cuando solo tiene dos. Y Tom Wolfe incuba odio eterno contra Susan Sontag por una frase que dijo ella, "La raza blanca es el cáncer de la humanidad". Me acabo de acordar esta noche de que tengo que comenzar un catálogo de autores que basan su rechazo a otros en una sola línea o incluso en una sola palabra. ¿He dicho que Valle-Inclán encontró tantos garbanzos en los platos que comían los personajes de Galdós que apodó para siempre al canario como "el garbancero"?
No lo llaméis crítica: llamadlo fusilamiento. Viendo su talante sumario/dictatorial, se agradece que ciertos escritores se escondieran detrás de la pluma y no accedieran a ningún cargo político, pues no me quiero ni imaginar el daño que podrían haber hecho.