SOBRE EL problema de escribir la biografía de un ser tan patológicamente mentiroso como el escritor (no todos), declara David Bronsen en el prólogo de la que escribió sobre Joseph Roth:
Llegué a Europa con las direcciones de ocho amigos de Roth en el bolsillo. Cada uno de ellos me remitía a otros cuatro o cinco a quienes también tenía que entrevistar «sin falta», y estos, a su vez, hacían lo mismo. Después de veinte entrevistas creía saberlo todo sobre Roth; después de treinta empecé a dudar; después de cincuenta estaba al borde de la desesperación.Cuanto más prolongaba las entrevistas y las investigaciones, más claro veía que Roth había sabido hacer creer a cada uno de sus conocidos que precisamente él era su amigo más querido y quien mejor lo comprendía. Pero ¿qué podía hacerse, aun después de este descubrimiento, con todas aquellas declaraciones divergentes? Por ejemplo, ¿qué hacer con las trece versiones distintas sobre la identidad de su padre que Roth había hecho circular entre sus amigos? ¿Cómo averiguar con certeza cuál era su lugar de nacimiento si Roth había dado nombres diferentes en distintos momentos? ¿Y cómo orientarse entre las afirmaciones contradictorias de sus amigos, que aseguraban siempre con absoluta convicción: «Roth era melancólico»; «Era despreocupado»; «Amaba el ejército»; «Odiaba el ejército»; «Fue teniente del ejército imperial y real»; «Tenía el rango de voluntario por un año»; «Era socialista»; «Era monárquico»; «Era un judío creyente»; «Era un católico fervoroso»; «Era un solitario»; «Era la persona más sociable que pueda imaginarse»?Poco a poco empecé a comprender que me enfrentaba a la incontenible imaginación de un mitómano que reescribía una y otra vez la historia de su propia vida, que convertía lo vivido en la fantasía en realidad y, finalmente, lo elevaba a la categoría de mito, haciendo de ello, en buena medida, el fundamento de su actitud ante la vida.