sábado, 17 de octubre de 2026

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COMO ESTA madrugada a las 6:30 no funcionaba el metro en la parada de Sol, he tenido que bajarme en la parada de Lavapiés e ir andando hasta Atocha para coger la línea 1. Iba yo tan campante andando por la calle Argumosa, cuando dos hombres con pinta de drogadictos han empezado a hacerse señas con astucia, alertándose de mi presencia: nada más verlo, he echado a correr por la calle de Doctor Fourquet hasta salir a la vía principal de Ronda de Valencia. No solo he corrido, sino que he hecho zig-zags, al modo de las gacelas de Thomson cuando quieren demostrar a los guepardos que están en buena forma.

Ha sido como volver a mi época de las pintadas, donde el mayor peligro que corres no es la policía, sino la delincuencia urbana. Tres veces me han atracado en Madrid y las tres fueron haciendo pintadas entre las 2:00 y las 6:00 de la madrugada: la primera fue en la calle Peña Gorbea de Vallecas y las otras dos en la calle del Amor Hermoso de Usera. Aunque no me robaron nada de valor, porque conozco el percal y nunca salí a hacer pintadas ni con móvil ni con tarjeta de crédito ni con más de cinco euros en mi cartera, y solo el primero fue puramente un atraco (en los dos de Usera yo misma me ofrecí a ser robada cuando vi que dos tipos con muy mala pinta se echaban encima de mí y ya no me daba tiempo a correr), en todos ellos eran las mismas personas las que me atracaban: unos tipos delgadísimos, raquíticos, con las caras enrojecidas y los ojos como salidos de las órbitas. El tipo de persona que ya no tiene nada que perder, justo como las dos que se hacían señas hace unas horas cuando me han visto en Argumosa.