miércoles, 4 de noviembre de 2026

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HABIENDO SIDO en su día actor de teatro y alcalde de Valladolid, una esperaba que Óscar Puente demostrara dotes de comunicador y capacidad de gestión, pero finalmente no ha sido así. Como gestor, libró muy bien la DANA de Valencia, en la que consiguió devolver los trenes a las vías en tiempo récord, pero ha fracasado en lo más básico: parece que el ministro no hizo nunca lo que hacen casi a diario los encargados de las empresas de telefonía, lo de colocarse los cascos para escuchar cómo atienden sus trabajadores al cliente. Resultan alucinantes los audios que se han publicado sobre los controladores de Atocha: en ellos se transparenta que los controladores españoles tienen una formación lamentable y, llegado el momento, no son capaces de encontrar el protocolo adecuado entre los papeles que tienen amontonados en la mesa. Por otra parte, al hacer públicos los audios para protegerse, Puente no hizo más que pegarse un tiro en el pie, pues toda España pudo escuchar en manos de quiénes están los que toman un tren. Si Puente se hubiera puesto los cascos una sola vez en sus tres años de mandato, habría descubierto el nivel laboral de sus subalternos y lo habría corregido; como doy por hecho que nunca lo hizo, la dimisión es obligatoria.

Sobre sus dotes de actor, que en teoría le habrían permitido representar a un político camaleónico, en la práctica no aparecieron por ningún lado en todo su mandato, pues siempre representó el mismo personaje agresivo y polarizador.

La noticia buena es que hay un irresponsable menos en puestos de responsabilidad y la noticia mejor es que además desaparece un político con maneras guerracivilistas. Ya solo queda que desaparezcan también Ayuso, Pablo Iglesias y Abascal para ir hacia una clase política menos cabreada, que es lo que exige una sociedad moderna europea.