SE ME van las horas leyendo en WaPo los comentarios de la gente que celebra el comienzo del fin de la pesadilla: creo que en USA la gente decente ha vivido los últimos años conmocionada al darse cuenta de que sus semejantes pensaban eso.
Los antiguos ya sabían que la democracia no era ninguna panacea, sino un sistema cuyo buen funcionamiento estaba lleno de dependes. La democracia se puede definir como una fe en las posibilidades del pueblo y como el intento más radical de eliminar cualquier privilegio o jerarquía. Se suponía que la democracia frenaba para siempre el surgimiento de ambiciosos ególatras tipo Napoleón o Julio César, o ponía freno a los intereses de la parte sobre el todo, pero a la hora de la verdad se ha demostrado que puede producir un Chávez, un Maduro, un Bolsonaro, un Berlusconi o un Trump. Tampoco ha frenado a los tiburones económicos, ni antes ni sobre todo ahora, pues pocas veces en la historia ha existido un tipo con tanto poder como Elon Musk. El problema fundamental de la democracia, sin embargo, es otro: al no ser universal y estar constreñida como mucho al estado-nación, se convierte en una productora incesante de nosotrismo y rechazo al extranjero.
Con ello no quiero decir que haya que tirar la democracia a la papelera, sino tratarla con una sana desconfianza, pues el sacrosanto pueblo, a nada que lo zarandees con motivos primarios, enseguida deriva en rebaño. Una buena persona no puede aceptar nunca que su país sea gobernado por Trump, de lo que se deduce que una buena persona no puede ser nunca una demócrata integérrima, sino alguien que antepone los valores humanos a cualquier sistema político, por mucha democracia que se llame.