LA IMPORTANCIA del elemento cristiano en mi vida se prueba incluso en la primera vez que sentí repulsión, aunque fuera mínima, por la letra de una canción de Ska-P, que fue uno de mis grupos favoritos durante mi adolescencia. La letra pertenece a su canción Ñapa Es y dice así, el subrayado es mío:
Sí, Jesulín,España es así,la tierra donde yo nací.Sí, Jesulín,España es así,que sepas que vamos a por ti.
¿Eh? ¿Vamos a por ti? Incluso tratándose de un matador de toros (el Jesulín de la canción se refiere a Jesulín de Ubrique), esa nada velada amenaza me parecía excesiva, la bisagra en la que una izquierda intensa puede derivar en un fascismo de izquierdas en nada menos canalla que el de derechas. Con solo escucharla una sola vez, aquella canción ya no me gustaba: los estragos que ha causado el cristianismo en mí, algunos todavía adheridos a mi piel y a mi mente, me hacían reaccionar en contra, en este caso para bien. Más tarde he disfrazado esta repulsión mía hacia la violencia con Russell + Camus, solo porque me doy cuenta de que otros aspectos del cristianismo son lamentables, pero el punto de origen verdadero son los evangelios, el libro que más huella me dejó durante mi niñez, la única lectura que llevo silenciosa dentro del hueso.