domingo, 8 de noviembre de 2026

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PARA SER un buen diarista o un buen autor confesional hay que ser un samurái: hay que tener esa espada inconsciente que nos hace hablar con muy poca cautela ni responsabilidad de las personas con las que hemos hecho nuestras vidas. Por eso soy enemiga de esa opinión que dice que las memorias, si se escriben, se han de hacer a partir de los sesenta o setenta años, cuando la mayor parte de nuestra vida ya ha transcurrido, porque a menudo a esas edades ya hemos perdido nuestro samurái y la previsión de todos los problemas, réplicas y hasta juicios en que puedes meterte te retraen tanto que al final no las escribes, en unos casos, o las escribes con tantos airbags y frenos de mano que ya no son dignas de leerse.