UNA DE las secciones que voy a eliminar en el blog de este año son las malasias, que son asombrosamente malas, malas incluso dentro de la mediocridad habitual de mis frases (la clave de mis centellas es que las escribo en modo industrial y consigo que se salven tres o cuatro de ellas cada año). Cuando empecé a escribir frases, allá por 2013, todavía era un ser medio-social y aún salía con chicas o al menos hablaba con la gente, lo que se traducía en que mis frases aún mantenían la tensión de la verdad y la realidad; incluso cuando empecé a escribirlas sobre Miss Vico, a partir de 2018, mantenían cierta calidad que procedía sin duda de que no me tomaba a Victoria como una persona irreal, aunque no la he visto en mi vida. Desde que escribo malasias mirando fotos de Jennifer Lopez, en cambio, mi calidad ya antes bastante sospechosa se ha desplomado por la razón habitual de mi falta galopante de vida. No es un problema solo de mis malasias, sino de mi escritura en general: ¿una escritora sin vida que insiste en escribir en confesional? Me consuelo pensando que Lovecraft llegó a Lovecraft así, sin salir a la calle, y que mi problema es el mismo del que se queja Pessoa en sus diarios.