LA GRAN contradicción de Goethe en sus Conversaciones con Eckermann es la siguiente. Goethe invitó a Ampère, crítico francés de la revista Globe de París, a que le rindiera una visita en Weimar. Cuando Ampère llegó, Eckermann no podía dar crédito a que un crítico tan profundo tuviera solo 24 años, pues daba por hecho que la crítica solo se puede ejercer a edades maduras o senectas. A este asombro Goethe le responde así:
Nosotros, los de la Alemania media, hemos tenido que pagar muy caro el poquito de saber que hemos alcanzado. ¡Pues nuestra vida es, en substancia, bastante aislada y pobre! Del pueblo propiamente dicho nos viene muy poca cultura, y nuestros talentos y hombres inteligentes están diseminados por toda Alemania. Uno reside en Viena, otro, en Berlín, el de más allá, en Königsberg, otro, en Bonn y otro, en Düsseldorf, a distancias de cincuenta o cien millas unos de otros, de manera que el contacto personal y el cambio personal de ideas es cosa rara. Lo que esto significa lo he sentido cuando Alexander von Humboldt pasó por aquí y me hizo adelantar en un día, en las cosas que buscaba y necesitaba saber, más de lo que yo solo hubiera conseguido durante años enteros.Piense usted ahora en una gran ciudad como París, donde todas las cabezas más inteligentes de un gran reino se encuentran reunidas en un mismo punto y se instruyen y fortifican recíprocamente en contacto continuo, lucha y competencia; donde se pueden contemplar a diario los mejores productos del mundo en todas las esferas de la Naturaleza y del arte. Piense usted en esa gran metrópoli donde cada puente y cada plaza recuerdan un gran acontecimiento, y en la cual, a la vuelta de cada esquina, se ha desarrollado un trozo de historia. Y piense usted además, no en el París de una época oscura y sin espíritu, sino en el París del siglo XIX, en el cual ha sido puesta en circulación durante tres generaciones, por hombres como Molière, Voltaire y Diderot, una riqueza tal de espíritu, como no se encuentra en ninguna otra parte del mundo, y comprenderá usted que un hombre inteligente, como Ampère, criado en ese ambiente, pueda ser algo a sus veinticuatro años.
Es una pena que Eckermann solo fuera el cobista de Goethe, porque aquí hubiera urgido poner al poeta alemán ante una clara contradicción, pues en el resto del libro prefiere la descentralización y se muestra contrario a que Berlín sea el centro de las artes y las letras. ¿Lo que Goethe admiraba de París no lo quería en Alemania?
Por suerte, este debate está casi muerto porque ahora existe Internet, que es un París mucho más grande o un Humboldt que viene a visitarnos cada minuto, al alcance de todo el mundo, vivas donde vivas.