sábado, 31 de enero de 2026

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¡YA SALIÓ el primer volumen de mis Conticinios, el que va desde 2016 a 2019! Este es el prólogo o prolegómeno: 
RECUERDO QUE en mi adolescencia, cuando cursaba bachillerato en el Instituto Txorierri de Derio, un alumno se empeñó en negar que yo fuera de Lauros, pues él tenía familiares allí y ninguno sabía de mi existencia, pero de pronto un día rectificó y me dijo que sí, que su familia ya había caído en quién era yo, no sin añadirme:

—Pero me han dicho que eres una persona rarísima, que siempre está sola, y que da mucho miedo a todos precisamente por eso.

También en Madrid mi aislamiento crónico empezó a ser “llamativo”. Mi vecina María de Noviciado, uno de los pocos seres que ha logrado traspasar los diez cristales blindados que coloco frente a los demás, me dijo que los vecinos y ella se plantearon llamar a la policía:

—Como rehuyes a todo el mundo y vimos que en tu buzón ponía “Basterrechea”, nos dijimos: ¡Blanco y en botella, este es etarra!

Guardo el grato recuerdo, sin embargo, de que mi soledad no siempre ha causado miedo entre los demás, sino a veces una mezcla de diversión y respeto:

—Vanessa, te vi el jueves por la calle y pensaba pararte, pero como agitabas las manos e ibas hablando sola, me dije, bufff, voy a dejarla en paz, que parece que está en su película.

Este primer volumen de Conticinios es una de las consecuencias de esa soledad. Lo he llamado así porque escribo de noche. Los conticinios son esos momentos de la noche en los que la ciudad se queda completamente en silencio: algunos diccionarios los sitúan entre la una y las seis de la madrugada. No me gusta utilizar palabras en desuso, pero esta vez he hecho una excepción por el lirismo y pertinencia del vocablo, si bien creo que se me queda pequeño, pues diría que para mí todos los minutos son conticinios, también durante el día, desde la fecha en que nací.

En este híbrido de diario, cuaderno y aforismo vais a encontraros con esa debilidad y fortaleza: la de una persona que carece de vida y rechaza a la gente, pero que siente con intensidad lo poco que le sucede y recuerda vivamente a las contadas personas que le dejaron poso. También son estos Conticinios una celebración de la literatura, que es mi combustible continuo y mi vida más vivida.

Aquí hablo sobre mis lecturas, mis gatos, mis masturbaciones, mi sissy travesti, mis pintadas, mi cómica ambición literaria, mis preferencias en el deporte de élite o mis ideas sobre el poema, el aforismo o el género confesional; también sobre la degradación mental a la que me lleva a veces el desierto en el que vivo. Como toda obsesiva, conservo algunas ideas fijas, la principal la de que los autóctonos de todas las partes del mundo no son buena gente. Opino que el autóctono siempre te está imponiendo la lectura de libros mediocres, la defensa de una historia de crímenes y la aclamación de de-portistas pésimos, además de reservarse la autoridad de decidir sobre quiénes de tus conciudadanos pueden disfrutar de derechos, por lo que en estos Conticinios trataré de decir cuáles son para mí los libros superiores, los deportistas impares, los hechos gloriosos que se pueden celebrar y las personas que deben disfrutar de derechos.

Este es el primer volumen. A finales de año sacaré el segundo y en 2027 el tercero. Espero llegar a siete u ocho con puntualidad olímpica. Se lo dedico a André Gide, cuyo fabuloso Diario me despertó el deseo de emulación, y a esa gavilla de autoras sobresalientes (Woolf, Pizarnik, Plath, Merini, Tsvetáyeva, Garro, Nin), a menudo autodestructivas, que elevaron el género confesional a nuevas cimas.