CUANDO THOREAU se puso a trabajar en el negocio de su padre, la fabricación de lápices de grafito, tenía el sueño de fabricar el lápiz perfecto o al menos el mejor de aquella época, pero cuando finalmente lo consiguió y sus amigos lo felicitaron porque se le abría la posibilidad de hacerse rico, él dejó a todos bocabajo negándose a fabricar más lápices:
—¿Para qué quiero más? —les dijo—. No quiero hacer de nuevo lo que ya he hecho una vez.