jueves, 12 de febrero de 2026

1940


QUEVEDO NO solo es exagerado en la carrocería lingüistica, sino también en el concepto. Lo sorprendemos en ese delito en sus grandes sonetos sobre el III duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón y Velasco, del que fue secretario, al que llama “inmortal” muchas veces. En uno de los sonetos que le dedica, particularmente el que más me gusta, comienza así:
De la Asia fue terror, de Europa espanto,
y de la África rayo fulminante;
los golfos y los puertos de Levante
con sangre calentó, creció con llanto.
Leyendo versos semejantes una diría que el duque de Osuna fue más importante que Julio César o Gengis Kan, cuando solo fue un virrey, primero de Sicilia y después de Nápoles, que ni siquiera se acerca a la fama que alcanzaron anteriormente El Gran Capitán o el duque de Alba, o a la que alcanzaría después el conde-duque de Olivares. Aquí no me queda más remedio que darle la razón a Alejandro Magno, que lamentaba que en su época no hubiera grandes poetas, pues el macedonio sabía que gran parte de la gloria te la inventa el palabrista, que es además el que transforma los crudos genocidios en epopeyas sin mancha. También aquel duque de Osuna se volvió inmortal, pero no tanto por el propio mérito como por el talento mayúsculo de Quevedo, uno de los tres o cuatro poetas impares de la lengua española.