sábado, 4 de octubre de 2025

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HA SIDO una lástima que ayer proclamaran a un danés el mejor chef del mundo, porque pocas cosas me han divertido más en los últimos tiempos que la premiación de Dabiz Muñoz con la distinción máxima de la gastronomía planetaria durante tres años consecutivos. Dabiz Muñoz ha sido durante la última década una de las personas más vilipendiadas del país por la razón de que, ¿adivináis? Efectivamente, es un chuleta, siempre está dando el cante, buscó a sabiendas salir con una famosa y además, a cuento de qué se puso ese Dabiz con be y con zeta, joder, ¡se escribe David en cristiano!, y qué me dices de la mamarrachada de ponerse los vestidos de Nochevieja de su mujer, a este tipo le falta mucha humildad, etc. Cuántas veces he leído que le iban a quitar las tres estrellas Michelin a su restaurante porque su imagen no comulga con la seriedad y discreción de los grandes chefs históricos.

Entre los rasgos no menos divertidos de la españolada, con los que se podrían llenar varios tomos, figura que el tumor de la falsa humildad está tan arraigado en ellos que piensan de verdad que es ella la que te vuelve presidente, la que te gana el Balón de Oro o la que te eleva a mejor chef del mundo. Yo no discuto que una humildad sana (no la de los españoles, que la usan como mazo contra la pasión y el talento) no favorezca cualquier empresa; solo sostengo que ese valor, incluso bien aplicado, se sitúa en la carrera del éxito muy por detrás de otros elementos, estos sí que decisivos, por ejemplo la calidad de los genes con los que nazcas, los estudios o entrenamientos que recibas, el esfuerzo que inviertas en tu proyecto o la suerte que tengas en el camino. Sí, he dicho la suerte: ¿acaso crees que puedes ganar el Nobel de Literatura si naces en uno de esos lugares, que todavía quedan, donde no te enseñan a leer ni a escribir?

La humildad es un factor que te permite conservar el realismo y darte cuenta de los errores que estás cometiendo en el proceso, pero si lees las biografías de los grandes personajes de la historia, te das cuenta de que el elemento ambición y el elemento creencia fanática en uno mismo fueron en ellos mucho más grandes que el elemento humildad. La conclusión a la que he llegado de tanto frecuentar este tipo de lecturas es que la mayoría de las grandes celebridades solo se rebajaron a ser humildes cuando recibieron un buen sopapo de la vida, para volver de nuevo a la egolatría cuando mejoraron los tiempos. Hace poco visioné una biografía de Jennifer Lopez en Youtube que me hizo sonreír (aunque, por supuesto, no apruebo estos excesos del ego, que yo también he padecido, y sin ser Jlo): en ella se decía que la futura diva del Bronx, cuando era desconocida y asistía a clases de baile, cada vez que tenía un problema con un compañero, o con un profesor, o con todos, se dirigía a ellos a grito pelado y les espetaba: “Yo voy a hacerme famosa, no tengáis ninguna duda, y entonces vendré aquí y os daré una patada en el culo”.

Por suerte Jennifer Lopez nació en el Bronx y pudo realizarse. Si hubiera nacido en Albacete, la marabunta de los humildes se habría arrojado al unísono contra ella y no habríamos tenido Jennifer Lopez.