CON LOS personajes secundarios saca Victor Hugo su animal lírico más poderoso, a mi parecer superior incluso al de Shakespeare. Veamos el discurso que construye para este senador que habla con el obispo Myriel, un cínico materialista mezcla de Nietzsche y Oscar Wilde antes de que fueran posibles Nietzsche y Wilde. Obsérvese que Hugo pone en su boca palabras que son una obra maestra del ateísmo, lo que contradice a sus críticos, que siempre lo acusaron de hacer personajes maniqueos. No puede ser maniqueo alguien que hace hablar a un personaje malvado con un discurso tan convincente como este. Dejo subrayados algunos momentos líricos que me electrizan:
Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para producir personas flacas que piensan hueco. ¡Abajo este gran Todo, que me fastidia! ¡Viva Cero, que me deja tranquilo! De vos a mí, y para decirlo todo y para confesarme a mi pastor, como conviene, os confieso que no soy tonto. No estoy loco con vuestro Jesucristo, que predica por todas partes la renuncia y el sacrificio. Consejo de avaro a desharrapados. ¡Renuncia!, ¿por qué? ¡Sacrificio!, ¿para qué? Nunca he visto que un lobo se inmole por la felicidad de otro lobo. Permanezcamos, pues, dentro del orden de la naturaleza. Estamos en la cumbre; tengamos una filosofía superior. ¿De qué sirve estar en la cumbre, si no se ve más allá de la nariz de los demás? Vivamos alegremente. La vida es todo. Que el hombre tenga un porvenir en otra parte, allá arriba, allá abajo, donde quiera, yo no creo una sola palabra de esto. ¡Ah!, me recomiendan la renuncia y el sacrificio, y, por tanto, debo tener mucho cuidado con todo lo que hago; es preciso que me rompa la cabeza sobre el bien y sobre el mal; sobre lo justo y lo injusto; sobre el fas y sobre el nefas. ¿Por qué? Porque tendré que dar cuenta de mis acciones. ¿Cuándo? Después de mi muerte. ¡Qué hermoso sueño! Después de muerto, se ocuparán de mí las ratas. Haced que una mano de sombra coja un puñado de cenizas. Digamos la verdad, nosotros que somos los iniciados, que hemos levantado el velo de Isis; no existe ni el bien ni el mal; no existe más que vegetación. Busquemos la realidad; profundicemos, penetremos en el fondo de la cuestión, ¡qué diablos! Es necesario husmear la verdad, penetrar bajo tierra y apoderarse de ella. Y cuando la tengáis, entonces sí que seréis fuertes y os reiréis de todo. Yo soy cuadrado por la base, señor obispo. La inmortalidad del alma es una ridícula paradoja. ¡Oh, promesa encantadora! Fiaos de ella. Vaya billete de banco que tiene Adán. Si es alma, será ángel, tendrá alas azules en los omóplatos. Argüidme, pues: ¿no es Tertuliano quien dice que los bienaventurados irán de un astro a otro? Con lo cual quiere decir que los bienaventurados serán las langostas de las estrellas. ¡Y después verán a Dios! Ta, ta, ta. No son mala cosa todos esos paraísos. Dios es una tontería colosal. Yo no diré esto en el Moniteur, ¡pardiez!, pero lo cuchicheo con los amigos: Inter pocula. Sacrificar la tierra al paraíso es lo mismo que dejar la presa por la sombra, lo cierto por lo dudoso. ¡Ser burlado por lo infinito! ¡Ca! ¡No soy tan bestia! Soy nada. Me llamo el señor conde Nada, senador. ¿Era antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de mi muerte? No. ¿Qué soy, pues? Un poco de polvo unido y formando un organismo. ¿Qué tengo que hacer en la tierra? La elección es mía: padecer o gozar. ¿Adónde me conducirá el padecimiento? A la nada, pero habré padecido. ¿Adónde me conducirá el goce? A la nada, pero habré gozado. Mi elección está hecha. Es necesario comer o ser comido. ¡Comamos! Más vale ser el diente que la hierba; tal es mi sabiduría. Después de esto ande cada cual como le plazca; el sepulturero está allí; el panteón para nosotros; todo cae en la gran fosa. Fin, Finis, liquidación total; éste es el sitio donde todo acaba. La muerte está muerta, creedme. Si hay alguien que tenga algo que decirme sobre esto, desde ahora me río de él. Cuentos de niños; el coco para los niños; Jehová para los hombres. No, nuestro mañana es la noche. Detrás de la tumba no hay más que nadas iguales. Hayáis sido Sardanápalo o San Vicente de Paúl, lo mismo da. Esto es lo cierto. Vivid, pues; sobre todo, ¡vivid!