EL PROBLEMA del pensador fragmentario, cuya base de creación es el semeocurrismo, es que a menudo le vienen a la cabeza meteoros brillantes, o que al menos se ven brillantes en las primeras larvas de su cerebro, y tiene la tentación de escribirlos de inmediato sin hacerse alguna que otra pregunta, por ejemplo: ¿Es esta ocurrencia mía verdadera? ¿Es pertinente? ¿Pega o crea edificio con el resto de mi obra, o es solo un ladrillo suelto?
¿Cómo luchar contra el sistema o el centro o el Uno sin caer en el caos o el bazar o lo aleatorio?