sábado, 14 de febrero de 2026

1973


¿SABÉIS QUÉ es lo más curioso de los folclores? Lo que se parecen entre ellos. Lo esencial irreductible de cada lugar a menudo es una copia barata de lo de quince mil kilómetros más allá. Léase la Teoría del duende de Federico García Lorca y luego el Quousque tandem...! de Jorge Oteiza y veréis la cantidad de analogías que salen. Ábrase por cualquier parte una recopilación de refranes de tal país y leeréis los mismos topicazos que los del país de más allá. Los folclóricos siempre están buscando un sustrato misterioso del que se origina la comunidad en la que viven y el arte que practican, y naturalmente lo encuentran, pero se ponen tantos límites que es lógico que se parezcan entre ellos, también a la hora de apelar a esa irracionalidad de origen.

El artista universal, en cambio, no siente ningún límite del entorno ni de la tradición, al menos consciente, que le obligue a escribir sobre esto o aquello, en esta línea o en aquella. En puridad, el único artista antisistema posible es el universal, porque desde el folclorismo no se puede hacer la denuncia de la propia comunidad en la que está basada ese folclore. Mientras el cantante de rap puede decir las mayores barbaridades contra su país, su sociedad, sus padres o el sexo permitido, el bertsolari ama y celebra el pueblo en el que vive y, en el caso de que no lo haga, debe cuidarse mucho de salirse del tiesto, no vaya a ser que luego sus aitas no lo dejen entrar en el baserri, o el cura lo denuncie en la misa, o el PNV no lo invite a cantar en las fiestas del pueblo.