EL PROBLEMA que existe con las frases fake como “El nacionalismo se cura viajando” y sus respectivas variantes (el fascismo, el racismo...), atribuidas sobre todo a Unamuno y Baroja pero también a otros, es que una vez que cuaja una frase que ilumina una parte de la verdad, que es lo máximo que puede hacer un aforismo, ya es muy difícil que la gente la suelte o evite la enfermedad de atribuírsela a un escritor famoso, venga o no a cuento. En el caso de Baroja, ya dije ayer que existen en su obra muchas páginas raciales y racistas que van mucho más allá del contexto racista en que vivió (de hecho, el nacionalismo vasco está recuperando a Baroja), pero a la vez existen otras tantas páginas donde el autor de Vidas sombrías reivindica la concordia entre los pueblos de España o propugna un españolismo abierto, y otras donde se atreve al europeísmo y al universalismo. En el caso de Unamuno, en cambio, no veo posible salvarlo para el antirracismo (ahí están las burradas que decía de los gitanos o los argentinos) ni para el antinacionalismo, porque en todas sus etapas, incluso en la socialista, se mostró como un nacionalista integérrimo, vasco en su adolescencia (como reconoce en sus Recuerdos de niñez y mocedad) y español durante el resto de su vida. De hecho, Unamuno es tan nacionalista que ha contribuido a crear uno de los grandes malentendidos de la intelectualidad española, la que dice que Ortega y Gasset era “europeísta”. No, señores: Ortega y Gasset era otro españolazo de tomo y lomo, que se cerró la carrera universal él solito (nadie lee a Ortega fuera del mundo hispánico) precisamente por su obsesión nosotrista, pero al lado de ultranacionalistas impenitentes como Unamuno, Azorín, Menéndez Pidal y Menéndez Pelayo, ¡hasta de Paco Martínez Soria podemos hacer un europeísta!