LEO LO que está mal en el mundo, de Chesterton. El problema de este tipo de ensayismo es el mismo que le reprochaba Jorge Guillén a Francisco Umbral, “no se puede jugar y juzgar a la vez”, aunque la crítica en este caso estaba mal dirigida, porque el Umbral articulista conseguía mantener el mismo tono desde el principio hasta el final. No ocurre lo mismo con Chesterton, que parece a menudo un gran humorista, al modo de Wodehouse, y de pronto te sorprende con un párrafo donde se pone firme y se convierte en un severo moralista. La proporción humorismo/moralismo es de cuatro a uno a favor del humor, pero los ingredientes distintos están mal cocinados y su poderoso ingenio arruina a su escritor político. Después de leer las ingentes páginas que dedica a oponerse al derecho al sufragio femenino, no sé realmente qué argumentos me ha dado contra él, salvo docenas de chistecillos y sofisteos retóricos que responden sobre todo a su capacidad literaria, una vez más prodigiosa, que a sus poderes como intelectual. Aún así, el libro se lee a gusto como todo lo suyo.