SE DICE muy alegremente que las personas buenas viven con la conciencia tranquila, cuando es justo lo contrario: como a las personas buenas les funcionan todos los sensores de la empatía, a menudo se afligen pensando en aquella palabra de más que dijeron, que quizá pudo herir, o en aquella que no dijeron, que quizá hubiera consolado; considerar todas las aristas del prójimo te llena de dudas y parpadeos a la hora de relacionarte con los demás. Las malas personas, en cambio (pienso ahora en Trump o Musk) tienen la piel de elefante y pisotean a los demás sin ningún remordimiento, porque "el prójimo" solo tiene para ellos una arista, la susceptible de acrecentar su éxito y poder.